por Ornella Muratore
por Ornella Muratore
La inteligencia artificial cambió la manera en la que aprendemos idiomas. Hoy un estudiante puede pedir una explicación gramatical, practicar vocabulario, corregir un texto, simular una entrevista laboral o recibir feedback en cuestión de segundos.
Y eso representa una oportunidad enorme.
El problema aparece cuando confundimos tener más herramientas disponibles con tener un mejor proceso de aprendizaje.
Después de años trabajando de manera personalizada con estudiantes de inglés, hay algo que veo constantemente: dos personas pueden tener exactamente el mismo nivel y necesitar recorridos completamente diferentes.
Una puede comprender perfectamente el idioma, pero bloquearse al hablar. Otra puede comunicarse con mucha fluidez y, sin embargo, arrastrar dificultades gramaticales que empiezan a limitarla cuando necesita alcanzar un nivel avanzado. Alguien que se prepara para un examen internacional tampoco necesita necesariamente lo mismo que una persona que busca desenvolverse mejor en una entrevista laboral o participar de reuniones en inglés.
Por eso, cuando trabajo en procesos 1:1, el punto de partida nunca es simplemente “¿qué nivel tenés?”. Primero necesito saber dónde está esa persona, dónde necesita llegar y qué distancia existe entre ambos puntos.
Y creo que con la inteligencia artificial debería ocurrir algo parecido.
ChatGPT puede ser una herramienta extraordinaria para un estudiante si sabemos para qué la estamos utilizando. Puede generar práctica adicional, simular situaciones comunicativas, ayudarnos a identificar errores, reformular producciones o trabajar sobre áreas específicas que necesitan desarrollo.
Pero una herramienta no conoce automáticamente nuestro proceso de aprendizaje. Tampoco puede determinar por sí sola qué habilidad deberíamos priorizar, cuánto de lo que producimos podemos utilizar realmente de manera autónoma o por qué seguimos cometiendo determinado error después de años de estudiar el idioma.
Ahí es donde la personalización sigue teniendo un lugar central.
Aprender un idioma no consiste solamente en recibir información. Requiere producir, recuperar vocabulario, tomar decisiones lingüísticas en tiempo real, exponerse al error, recibir feedback y volver a intentarlo.
Por eso, una de las formas en las que incorporo inteligencia artificial al aprendizaje es como parte de un recorrido, no como el recorrido en sí mismo.
Un estudiante puede, por ejemplo, escribir primero una respuesta y después utilizar IA para analizarla. Puede practicar preguntas antes de una entrevista y luego trabajar sobre aquello que no pudo responder espontáneamente. También puede utilizarla para generar nuevos contextos en los que aplicar vocabulario que está incorporando.
La diferencia está en el propósito.
Si la tecnología hace todo aquello que el estudiante necesita aprender a hacer, probablemente resuelva la tarea, pero eso no significa necesariamente que se haya producido aprendizaje. Si, en cambio, la utilizamos estratégicamente para multiplicar las oportunidades de práctica, puede potenciar enormemente el proceso.
Y esto también obliga a quienes enseñamos inglés a revisar nuestro trabajo.
Si una herramienta puede explicar una regla gramatical en segundos, quizás el verdadero valor de una clase ya no debería estar en repetir información que el estudiante puede encontrar fácilmente.
El valor está cada vez más en diagnosticar, diseñar un recorrido, seleccionar qué trabajar, observar el desempeño, dar feedback y reajustar la planificación de acuerdo con el progreso real de cada persona.
En definitiva, la inteligencia artificial no vuelve menos necesario aprender inglés. Nos obliga a ser mucho más precisos respecto de qué significa aprenderlo y, también, respecto de cómo lo enseñamos.
Hoy tenemos más recursos que nunca, pero tener acceso a más herramientas no significa necesariamente saber cuáles utilizar, cuándo hacerlo ni qué necesita desarrollar cada persona.
Tal vez ahí esté uno de los grandes desafíos de la enseñanza de idiomas en esta nueva etapa: dejar de pensar solamente en contenidos y empezar a pensar cada vez más en procesos. En entender el punto de partida, definir un objetivo y construir un recorrido que tenga sentido para esa persona.
Porque no todos aprendemos de la misma manera, no todos partimos del mismo lugar y, sobre todo, no todos necesitamos llegar al mismo destino.
Por: Ornella Muratore. Especialista en English Language Teaching (ELT). Fundadora de Muratore ELT · Autora de Cómo enseñar duele