por María Eugenia Cossini. Especialista en innovación educativa. Educadora. Conferencista. Autora
por María Eugenia Cossini. Especialista en innovación educativa. Educadora. Conferencista. Autora
Nunca fue tan fácil aprender. O, al menos, eso creemos.
Hoy podemos preguntarle cualquier cosa a una inteligencia artificial y recibir una respuesta brillante en pocos segundos. Podemos leer un resumen de un libro sin haber abierto una página, entender una teoría compleja en un video de dos minutos o pedirle a ChatGPT que nos explique física cuántica "como si tuviéramos diez años". Y, sin embargo, tengo la sensación de que estamos cayendo en una trampa: cada vez confundimos más leer con entender, y entender con aprender.
Me gusta llamar a este fenómeno comprensión cosmética. Esa sensación de haber comprendido algo simplemente porque pudimos leer una buena explicación, reconocer los conceptos o escuchar una respuesta que sonaba convincente. Parece comprensión. Tiene la apariencia del conocimiento. Pero muchas veces es solo eso: apariencia.
La neurociencia conoce desde hace tiempo un fenómeno muy interesante. Nuestro cerebro suele confundir la familiaridad con la comprensión. Cuando una idea nos resulta conocida, cuando alguien la explica de manera clara o cuando la vemos repetidas veces, sentimos que ya la entendimos. Pero esa sensación puede ser una ilusión. La verdadera prueba llega cuando tenemos que usar ese conocimiento para resolver un problema nuevo, tomar una decisión, explicarlo con nuestras propias palabras o conectarlo con otras ideas. Ahí descubrimos que muchas veces no habíamos comprendido. Solo habíamos reconocido.
La inteligencia artificial no creó este problema. Lo hizo visible. Antes acumulábamos información porque era difícil conseguirla. Hoy acumulamos respuestas porque conseguirlas es demasiado fácil. Y cuanto más fácil es obtener una respuesta, mayor es la tentación de creer que el trabajo ya está hecho.
Pero el aprendizaje nunca ocurrió en el momento de recibir la información. Ocurre cuando el cerebro hace algo con ella: la compara con conocimientos previos, la cuestiona, encuentra contradicciones, la pone a prueba, la aplica en un contexto diferente o la utiliza para crear algo nuevo. La comprensión no sucede cuando alguien explica. Sucede cuando uno piensa.
Y esa diferencia cambia todo.
Durante décadas la escuela premió a quienes recordaban más datos. Era lógico: la información era escasa. Hoy vivimos exactamente el escenario contrario. La información sobra. Lo escaso es otra cosa: personas capaces de distinguir evidencia de opinión, detectar una contradicción, hacer una buena pregunta, conectar ideas que aparentemente no tenían relación o cambiar de opinión cuando aparece una evidencia mejor.
Eso es comprender.
Y probablemente sea una de las habilidades más valiosas de las próximas décadas.
Por eso me preocupa cuando escucho decir que la inteligencia artificial va a hacer que los chicos ya no necesiten aprender. Creo exactamente lo contrario. Nunca fue tan importante aprender. Solo que aprender ya no significa memorizar. Significa construir criterio.
La inteligencia artificial puede responder casi cualquier pregunta. Lo que todavía no puede hacer es decidir cuál era la pregunta correcta. Tampoco puede darle sentido a esa respuesta dentro de la historia, los valores, la experiencia o el contexto de quien la recibe.
Y ahí aparece una enorme oportunidad para la educación.
Quizás el objetivo de la escuela nunca debió ser llenar cabezas de información. Quizás siempre debió ser enseñar a pensar con ella. A eso, desde hace muchos años, algunos pedagogos lo llaman Enseñanza para la Comprensión: aprender no es repetir una definición, sino ser capaz de usar lo aprendido en situaciones nuevas, resolver problemas, crear, transferir y seguir haciéndose preguntas.
Curiosamente, la inteligencia artificial no volvió obsoleto ese enfoque. Lo volvió imprescindible.
Me gusta decir que la inteligencia artificial no está reemplazando nuestra inteligencia; está poniendo a prueba nuestra comprensión. Y esa diferencia cambia por completo el desafío educativo de esta época.
Porque el verdadero riesgo de la era de la IA no es que las máquinas piensen por nosotros.
Es que nosotros dejemos de hacerlo.
Y tal vez la pregunta más importante ya no sea cuánto sabemos.
Sino cuánto de eso realmente entendemos.
Mg. María Eugenia Cossini