Rubén Rada murió este miércoles 26 de agosto a los 83 años, después de atravesar durante un mes una neumonía y sus complicaciones. La noticia fue comunicada por su familia, que recordó al músico no solo como una figura fundamental del candombe, sino también como esposo, padre y abuelo.
Su legado artístico permanece en una discografía decisiva para la música rioplatense, pero también continúa en sus tres hijos: Lucila, Matías y Julieta. Todos nacieron durante los años que el “Negro” vivió en Argentina y eligieron desarrollar carreras vinculadas con la música, la composición, la actuación y los escenarios.
La relación de Rada con Argentina fue mucho más profunda que una sucesión de conciertos. El artista vivió durante doce años en Buenos Aires, participó en discos, espectáculos y producciones televisivas, y construyó una conexión permanente con el público local. En ese período nacieron Lucila, Matías y Julieta.
Aunque más tarde regresó a Montevideo, los viajes entre ambas orillas nunca se detuvieron. Sus hijos crecieron entre Argentina, México y Uruguay, en una familia acostumbrada a las giras y los ensayos. Esa experiencia multicultural fue moldeando sus identidades y la forma particular en que cada uno se acercó al arte.

Lucila, la mayor de los tres hermanos, nació el 16 de noviembre de 1981 en Buenos Aires. Se formó como cantante con Mona Fraiman, integrante de Las Blacanblus, y desde pequeña mostró interés por distintas expresiones artísticas. A los ocho años grabó voces para un álbum de Flavia Palmiero.
Con el tiempo, amplió su recorrido como compositora, actriz y presentadora. Participó como corista en el regreso de Los Helicópteros y fue invitada a recitales de Los Piojos. También integró la banda de su padre, colaboró en varios discos y formó parte del espectáculo familiar Rada para niños.
En 2010 publicó su primer álbum solista, Después de las mañanas, con influencias de funk y pop rock. Más adelante se incorporó al trío La Trenza, dedicado a fusionar ritmos latinoamericanos. Su trayectoria también incluyó la conducción televisiva en Uruguay, donde se instaló de manera permanente en 2014.
Matías Rada nació en Argentina en 1985 y pasó parte de su infancia en México antes de establecerse en Uruguay. Desde joven se dedicó a la guitarra, aunque recordó que inicialmente dudaba de sus propias condiciones. Fue su padre quien lo impulsó a tocar profesionalmente y lo incorporó a su banda.
Su crecimiento musical continuó junto a Martín Buscaglia y como integrante de la banda de Illya Kuryaki and the Valderramas. A partir de esas experiencias, desarrolló un estilo marcado por el funk, el jazz, el rock, el soul y el candombe, sin quedar limitado al repertorio familiar.
Además de guitarrista, Matías trabaja como compositor y productor, con proyectos propios y colaboraciones dentro de la escena rioplatense. Nunca abandonó el diálogo musical con su padre: participó en grabaciones, conciertos y celebraciones familiares. Rubén lo describía públicamente como un músico reconocido y uno de sus grandes orgullos.
Julieta nació el 25 de mayo de 1990 en Buenos Aires. Sus primeros años transcurrieron en México y luego se estableció en Montevideo. Empezó a cantar acompañada por su padre y sus hermanos, hasta que a los 16 años comenzó a realizar presentaciones públicas con la agrupación de Urbano Moraes.
Su carrera tomó impulso con Afrozen, su primer disco, publicado en 2012. Tres años después lanzó Corazón diamante, una obra que profundizó su mezcla de candombe, funk, pop, rock y soul. Ese trabajo le valió una nominación al Grammy Latino como mejor nueva artista y un Premio Gardel.
Julieta colaboró con Fito Páez, Hugo Fattoruso, Joss Stone, Ciro y Los Persas y Dante Spinetta. También llevó su música a España, Estados Unidos y otros escenarios internacionales. Con el álbum Candombe volvió a profundizar sus raíces afro-uruguayas y consolidó una identidad propia más allá del apellido familiar.
El candombe ocupa un lugar central en la música de Lucila, Matías y Julieta Rada, ya que representa tanto una herencia familiar como una conexión profunda con la cultura afro-uruguaya. Sin embargo, los tres lo incorporan desde identidades artísticas propias: Lucila lo combina con el pop, el soul y el funk; Matías lo integra a un lenguaje guitarrístico atravesado por el jazz, el rock y el groove; y Julieta lo fusiona con sonidos contemporáneos, reinterpretando incluso composiciones emblemáticas de su padre.
De esta manera, el candombe no funciona únicamente como un homenaje a Rubén Rada, sino como una tradición viva que sus hijos renuevan y proyectan hacia nuevas generaciones. Las colaboraciones familiares, los conciertos compartidos y trabajos como Candombe, de Julieta Rada, muestran que este ritmo actúa como un puente entre la memoria musical de la familia y sus búsquedas actuales. Cada uno conserva la fuerza rítmica y la raíz afro del género, pero la transforma mediante diferentes estilos, instrumentos y sensibilidades.
Rada encontró en sus hijos compañeros artísticos capaces de dialogar con su obra desde lenguajes diferentes. Lucila aportó su voz y experiencia escénica, Matías se convirtió en uno de sus guitarristas habituales y Julieta compartió canciones, discos y programas televisivos. Las colaboraciones familiares atravesaron varias etapas de sus respectivas carreras.
Fuera del escenario, el “Negro” hablaba de Lucila, Matías y Julieta como su mayor motivo de felicidad. También celebraba su rol de abuelo de Salvador y Sofía. Más que imponerles una tradición artística, buscó transmitirles curiosidad, respeto y libertad para construir carreras propias a partir de una herencia compartida.