España levantó la Copa. La Argentina volvió a una final. Más de seis millones de personas atravesaron los molinetes y una audiencia gigantesca siguió el torneo desde distintos rincones del planeta. Desde la perspectiva de la FIFA, Estados Unidos, México y Canadá 2026 fue un éxito difícil de discutir. Desde la mirada de buena parte de los aficionados, en cambio, fue también el Mundial que terminó de convertir al fútbol en un espectáculo de lujo.
La contradicción quedó expuesta durante los 39 días de competencia: nunca una Copa del Mundo había sido tan grande y, al mismo tiempo, había resultado tan difícil de alcanzar para quienes sostienen cotidianamente la cultura futbolera.

El primer Mundial con 48 selecciones y 104 encuentros reunió a 6.810.966 espectadores, estableció un promedio de 65.490 personas por partido y registró una ocupación del 99,7%, según el balance oficial de la FIFA. Las tribunas llenas, sin embargo, no desmienten la exclusión, apenas demuestran que, aun con precios extraordinarios, siempre existe un sector con capacidad suficiente para comprar lo que millones desean.
En absoluto hubo falta de público, lo que en realidad sucedió es que hubo selección económica del público.
Las entradas de 60 dólares que la FIFA promocionó como prueba de accesibilidad fueron reales, pero escasas: se ofrecieron alrededor de 130.000 localidades de ese valor sobre un universo cercano a los siete millones de boletos: menos del 2% del total. En Brasil 2014, en comparación, hubo unas 400.000 entradas reducidas y los estudiantes locales pudieron ingresar a algunos encuentros por apenas 15 dólares.
El resto quedó sometido a una estructura de precios variables que ajustaba los valores de acuerdo con la demanda. Las entradas oficiales para la fase de grupos llegaron inicialmente hasta los 575 dólares, frente a un máximo de 220 en Qatar 2022. En tanto, en la reventa, el piso promedio para algunos partidos alcanzó los 1.600 dólares durante el torneo, de acuerdo con un relevamiento de Reuters.
La escalada fue todavía más visible en la final: una ubicación premium que había salido inicialmente a 6.730 dólares subió después a 10.990, mientras que determinadas localidades frontales llegaron a ofrecerse oficialmente por 32.970 dólares, mientras en el mercado secundario, los valores fueron aún mayores.
El extremo del modelo apareció en los paquetes de hospitalidad: una empresa de servicios de lujo vendió por cuatro millones de dólares una experiencia para seis personas, con asientos sobre la mitad de la cancha y acceso al campo durante la premiación. El paquete encontró comprador en menos de 24 horas.
Visto así, no se trató solamente del valor de una butaca, porque seguir a una selección implicó atravesar tres países, enormes distancias, vuelos internos, alojamientos encarecidos, estacionamientos que en algunas sedes costaban entre 150 y 200 dólares y estadios alejados de los centros urbanos. Lo que en otros Mundiales podía resolverse con un tren, un micro, una carpa o una casa rodante se transformó en Norteamérica en un itinerario reservado para tarjetas internacionales con límites elevados.
Aún así y contra viento y marea, el hincha popular no desapareció sino que fue desplazado hacia las pantallas, las plazas, los bares y las concentraciones callejeras. Continuó produciendo la emoción, pero quedó cada vez más lejos del lugar donde esa emoción era convertida en dinero.
La FIFA justificó la política tarifaria con un argumento empresarial: aplicar los precios habituales del mercado estadounidense de los grandes espectáculos y evitar que la ganancia quedara en manos de los revendedores. Gianni Infantino sostuvo que vender barato habría alimentado el mercado secundario y defendió que los recursos obtenidos serían reinvertidos en el desarrollo global del fútbol.
Pero la propia dimensión del negocio explica parte del problema. La FIFA proyectó alrededor de 3.000 millones de dólares en ingresos por entradas y hospitalidad y, tras el torneo, Infantino anticipó que la recaudación del ciclo 2023-2026 superaría los 15.000 millones. Incluso integrantes de la oficina estadounidense del organismo habían sugerido una política más accesible para las localidades generales, pero esa posición fue descartada ante la oportunidad de maximizar los ingresos en el mercado norteamericano, según reveló The Guardian.
El mercado puede explicar el valor de una entrada, pero no puede resolver el conflicto simbólico porque el fútbol no construyó su potencia mundial e identificación gracias a consumidores premium, las construyó en potreros, clubes de barrio, fábricas, escuelas, calles y tribunas populares. Su riqueza económica actual nace de una pertenencia colectiva que no fue creada por la FIFA ni por las empresas de hospitalidad.
Cuando el organismo cobra todo lo que un comprador está dispuesto a pagar, deja de preguntarse quién queda afuera, y definitivamente esa omisión importa: no es igual una tribuna ocupada por quienes acompañaron a su selección durante décadas que otra integrada por quienes compraron una experiencia excepcional dentro de un paquete turístico.
La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum condensó involuntariamente esa tensión, decidió no ocupar su localidad para el encuentro inaugural en el Estadio Azteca y entregó la entrada número 00001 a Yolett Cervantes Cuaquehua, una joven deportista indígena nahua que no habría tenido otra posibilidad de asistir.
“Las entradas del estadio son muy caras”, explicó Sheinbaum. “Como presidenta es mejor darle mi lugar a alguien que no hubiera podido ir, que ama el fútbol, especialmente una joven, y yo puedo celebrarlo gratis con la gente”. La mandataria siguió el partido en uno de los espacios públicos habilitados en Ciudad de México, según relató The Guardian.
El gesto no convirtió a Sheinbaum en una presidenta que no pudiera pagar una entrada, la convirtió en el símbolo de una pregunta más profunda: si hasta una jefa de Estado consideró injustificable ocupar esa localidad mientras la mayoría de la población quedaba afuera, ¿para quién había sido organizado el Mundial?
La escena señaló un fenómeno que largamente excedió a México, porque para un trabajador latinoamericano, africano o asiático, un boleto expresado en miles de dólares no representa un gasto extraordinario: representa meses o años de ingresos. A ello se suman monedas debilitadas frente al dólar, pasajes internacionales y la obligación de acreditar solvencia económica para ingresar al país anfitrión.
Aún quienes lograron reunir el dinero no siempre pudieron viajar, atento a que las restricciones migratorias estadounidenses, las altas tasas de rechazo y las demoras en la tramitación de visas dejaron afuera a numerosos aficionados.
Organizaciones de derechos humanos denunciaron que la FIFA no cumplió su promesa de organizar “el Mundial más inclusivo”: Football Supporters Europe aseguró que tuvo enormes dificultades para encontrar hinchas con entradas de países como Marruecos, Egipto, Jordania, Irak y Uzbekistán que hubieran conseguido autorización para viajar. También hubo restricciones que afectaron especialmente a seguidores de Haití, Irán, Senegal y Costa de Marfil.
Las dificultades alcanzaron incluso a protagonistas del torneo. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan fue rechazado en la frontera pese a contar con visa válida y debió quedar fuera de la competencia y bajo ese marco, el balance realizado por Reuters expuso así otra paradoja: la Copa amplió el número de selecciones para presentarse como más global, pero el principal país anfitrión restringió el ingreso de parte de ese mundo.

La frontera se convirtió en una segunda boletería, la FIFA podía vender la entrada pero Estados Unidos conservaba la decisión final sobre quién estaba autorizado a utilizarla.
La exclusión llegó también a los hogares argentinos y no porque el Mundial no se transmitiera, sino porque su acceso completo quedó fragmentado entre canales y plataformas.
La TV Pública emitió apenas 10 de los 104 partidos, Telefe ofreció 32 y TyC Sports transmitió 52. Los 104 encuentros estuvieron disponibles a través de DSports y servicios digitales como DGO o Paramount+, pero todos exigían contar con televisión paga o una suscripción.
La diferencia con las ediciones anteriores fue significativa. En Rusia 2018 y Qatar 2022, la TV Pública había transmitido 32 de los 64 partidos: la mitad de cada torneo. En 2026, su cobertura se redujo al 9,6% de la competencia. Incluso el paquete más amplio de la televisión abierta, el de Telefe, apenas alcanzó al 31% de los encuentros. La grilla argentina garantizó los partidos de la Selección y los cruces principales, pero no aseguró el acceso gratuito a la totalidad de la Copa.
Para ver todo había que pagar.
La concentración de los derechos produjo además otra limitación menos visible. Los programas y canales que no habían comprado licencias no podían reproducir libremente goles, jugadas ni secuencias oficiales. Podían hablar del Mundial, analizarlo y construir horas de programación alrededor del torneo, pero debían hacerlo con límites severos en el uso de las imágenes.
La pelota seguía siendo popular; la imagen de la pelota tenía dueño, inclusive en una intentona de cobrar en bares y locales de distintos puntos del país, que fue sorteada con el ingenio de los propietarios.
No se trató de una novedad absoluta en materia de derechos audiovisuales, pero la fragmentación de 2026 volvió mucho más evidente su efecto: el Mundial podía estar en todas las conversaciones y, al mismo tiempo, no estar disponible en todas las pantallas.
La FIFA encontrará argumentos para presentar la experiencia como un éxito, porque los estadios estuvieron llenos, la audiencia fue extraordinaria y los ingresos rompieron récords y todo eso es cierto.
También es cierto que la pasión sobrevivió fuera de los estadios: millones celebraron en plazas, siguieron relatos por radio, compartieron suscripciones, buscaron transmisiones alternativas o se conformaron con resúmenes. Esa capacidad de apropiación popular sigue siendo la principal fuerza del fútbol, pero no debería confundirse resistencia con accesibilidad. Que la gente encuentre una manera de participar no significa que el sistema la haya incluido.
El Mundial 2026 dejó, por eso, una pregunta que continuará abierta después de la final: ¿puede proclamarse “de todos” un espectáculo cuyas mejores experiencias quedan reservadas para quienes pueden pagar miles de dólares, atravesar fronteras selectivas y contratar múltiples pantallas?
Tal vez el fútbol siga siendo de todos, lo que ya no parece ser de todos es el derecho a verlo completo, acompañarlo desde una tribuna y habitar la fiesta que su propia cultura hizo posible.
La paradoja de Estados Unidos-México-Canadá 2026 no fue que un deporte popular se volviera rentable. Fue que, en nombre de esa rentabilidad, el mayor acontecimiento del deporte más popular del mundo terminara diseñado como un privilegio.