El Gobierno volvió a emitir señales contradictorias sobre uno de los temas más sensibles de la economía argentina. Mientras el ministro Luis “Toto” Caputo intenta convencer a los ahorristas de sacar sus dólares “del colchón” e incorporarlos al sistema financiero, el vocero presidencial, Adrián Ravier, reconoció públicamente que la cotización podría llegar hasta los $1.800 durante los próximos meses.
“Que el tipo de cambio llegue a $1.700 o $1.800 dentro de unos meses es una posibilidad”, sostuvo Ravier durante una entrevista con el canal de streaming Carajo. Sin embargo, inmediatamente buscó minimizar el alcance de esa proyección y aseguró que “la estabilidad cambiaria está muy clara”.
El funcionario descartó un salto abrupto como los registrados en anteriores crisis y planteó que una eventual corrección sería acotada. Incluso afirmó que no tendría una incidencia significativa sobre el bolsillo de los argentinos.
Pero la cifra mencionada no resulta menor: tomando como referencia un dólar de $1.500 —el valor utilizado por el propio Ravier durante la entrevista—, alcanzar los $1.800 supondría una suba nominal del 20%.
La relevancia de las declaraciones también está relacionada con quién las pronunció. Ravier no es un portavoz ajeno a la discusión económica, sino un economista con formación específica en asuntos monetarios.
Graduado en la Universidad de Buenos Aires, realizó estudios de posgrado en ESEADE y obtuvo un doctorado en Economía Aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Además, desarrolló una extensa trayectoria académica y fue director de la Fundación Faro, el centro de pensamiento ligado a La Libertad Avanza.
Por esa formación, sus palabras difícilmente puedan ser leídas como una especulación improvisada. Ravier conoce el papel que desempeñan las expectativas en la formación del precio del dólar y sabe que una cifra pronunciada por la voz oficial del Presidente puede convertirse rápidamente en una referencia para ahorristas, empresas y operadores financieros.
Aunque no haya formulado una proyección formal ni anunciado una modificación del esquema cambiario, colocar públicamente el número de $1.800 puede generar ruido, inducir coberturas o alimentar una actitud de espera entre quienes evalúan desprenderse de sus dólares.
Las declaraciones se conocieron apenas dos días después de que Caputo anunciara que el Ejecutivo enviará al Congreso nuevas modificaciones para reforzar la denominada Ley de Inocencia Fiscal.
El objetivo oficial es ampliar el universo de contribuyentes, ofrecer mayores garantías y lograr que una parte de los ahorros que permanecen fuera del circuito bancario ingrese al sistema. Según el ministro, los depósitos en dólares rondan los US$40.000 millones, mientras que fuera de los bancos existiría una cantidad cuatro veces superior.
“Para las personas, tener los dólares debajo del colchón es un muy mal negocio”, afirmó Caputo durante la presentación. El ministro argumentó que la moneda estadounidense también pierde poder adquisitivo por la inflación de ese país y señaló que la incorporación de esos fondos podría impulsar el crédito, la inversión y la actividad económica.
En ese contexto, el mensaje de Ravier introduce una tensión evidente. Mientras Economía intenta convencer a los ahorristas de que mantener los dólares inmovilizados no resulta conveniente, el vocero presidencial admite que esa misma moneda podría valorizarse un 20% frente al peso en cuestión de meses.
La contradicción es principalmente comunicacional, no necesariamente técnica. La Inocencia Fiscal busca formalizar los dólares y depositarlos en el sistema, pero no obliga a venderlos ni a convertirlos en pesos. Una persona podría ingresar sus billetes a una cuenta bancaria y continuar dolarizada.
Sin embargo, anticipar una posible suba de la cotización puede debilitar la urgencia del mensaje de Caputo. Para parte de los ahorristas, la conclusión podría ser que conviene conservar los dólares, postergar decisiones de consumo o inversión y esperar una cotización más alta.
Las declaraciones abrieron, además, una polémica más delicada: si una estimación de esa naturaleza, pronunciada por el vocero presidencial y por un economista especializado en temas monetarios, podría alentar comportamientos anticipatorios. En un mercado altamente sensible, si ahorristas y empresas interpretan que el dólar subirá, pueden adelantar compras, dolarizar posiciones o postergar la liquidación de divisas. Ese aumento de la demanda podría presionar la cotización y, en un escenario extremo, contribuir a una corrida cambiaria. Hasta el momento no existen elementos para afirmar que ese proceso esté en marcha ni que una declaración aislada pueda provocarlo por sí sola, pero la cifra difundida desde el Gobierno podría sumar volatilidad en lugar de ayudar a anclar las expectativas.
También genera interrogantes la afirmación de que un dólar a $1.800 no tendría efectos significativos sobre los ingresos. Una variación nominal del 20% no necesariamente se traslada de manera automática o completa a los precios, pero podría repercutir sobre productos importados, insumos dolarizados y bienes que toman la divisa como referencia.
Además, sin precisar el plazo exacto ni la inflación acumulada durante ese período, no es posible determinar si se trataría de una devaluación real o solamente de un acompañamiento nominal de los precios.
Por eso, más que disipar las dudas, las declaraciones dejaron dos mensajes conviviendo dentro del mismo Gobierno: Caputo pide confianza para movilizar los dólares guardados, mientras Ravier pone sobre la mesa una cotización considerablemente superior.
El impacto inmediato sobre el mercado todavía no puede darse por comprobado. No obstante, en una economía atravesada por la dolarización de los ahorros y la sensibilidad cambiaria, la cifra de $1.800 lanzada por el propio vocero presidencial podría transformarse en una nueva referencia para las expectativas.