jueves 25 de junio de 2026
- Edición Nº2759

Provincia

política

El Senado mostró lo que el PJ bonaerense ya no puede disimular

14:03 | La sesión en el Senado provincial volvió a exponer las tensiones entre el kirchnerismo duro y el kicillofismo. Sergio Berni y Mario Ishii marcaron diferencias en el recinto, Verónica Magario buscó encauzar el debate desde el reglamento y las nuevas críticas de Guillermo Moreno sumaron presión sobre Axel Kicillof por su vínculo con Cristina Kirchner.



La interna del peronismo bonaerense dejó de circular apenas en conversaciones reservadas, operaciones de pasillo o gestos medidos para instalarse en una escena pública, concreta y difícil de disimular. La sesión en el Senado provincial volvió a mostrar que dentro de Fuerza Patria conviven estrategias, liderazgos y lecturas distintas sobre el presente del espacio, el vínculo con Cristina Fernández de Kirchner y el lugar que debe ocupar Axel Kicillof en la etapa que viene.

El regreso al recinto quedó rápidamente atravesado por una discusión que excedió la agenda legislativa. Sergio Berni y Mario Ishii llevaron al debate reclamos políticos e institucionales, mientras la vicegobernadora Verónica Magario, a cargo de la presidencia de la Cámara alta, intentó sostener el orden de la sesión con las herramientas reglamentarias disponibles. El episodio dejó una postal incómoda para el oficialismo: una fuerza que necesita mostrar unidad frente al gobierno nacional, pero que al mismo tiempo procesa sus diferencias cada vez más en voz alta.

Una sesión atravesada por la tensión interna

El primer cruce lo protagonizó Sergio Berni, presidente del bloque de Fuerza Patria, quien cuestionó la situación de las licencias vencidas y la composición del cuerpo. En ese marco, planteó dudas sobre el funcionamiento interno de la Cámara y dejó expuesta una tensión que ya venía acumulándose dentro del oficialismo bonaerense.

Magario respondió desde su rol institucional, buscando ordenar el debate y evitar que la sesión quedara absorbida por los reproches cruzados. Su actitud combinó firmeza reglamentaria con la necesidad de preservar el funcionamiento del recinto en una jornada políticamente cargada. En ese punto, el intercambio mostró algo más profundo que una diferencia sobre tiempos o procedimientos: puso en escena quién tiene autoridad para ordenar la palabra dentro del peronismo bonaerense.

El Senado funcionó entonces como caja de resonancia de una disputa que ya venía creciendo fuera del recinto. Lo que se discutía no era únicamente la dinámica parlamentaria, sino el modo en que el oficialismo administra sus conflictos, sus jerarquías internas y sus liderazgos en un momento de fuerte presión política y social.

Ishii y el reclamo desde el territorio

El momento más fuerte llegó con la intervención de Mario Ishii, quien reclamó el tratamiento urgente de dos proyectos de emergencia, uno alimentario y otro sanitario. El senador de José C. Paz planteó que la situación social “no puede esperar” y describió un escenario crítico en el conurbano, con hospitales sobrecargados, dificultades en el acceso a medicamentos, problemas alimentarios y una crisis que golpea de lleno en los barrios.

“No me interesan los colores, me interesa la emergencia”, sostuvo Ishii. La frase buscó instalar una prioridad por encima de la interna: la necesidad concreta de respuestas frente al deterioro social. En su planteo, el dirigente territorial le reclamó al gobierno provincial mayor presencia en el conurbano y volvió a poner sobre la mesa una discusión sensible para el peronismo bonaerense: la relación entre gestión, territorio y representación política.

El reclamo de Ishii tuvo peso porque no partió de una discusión abstracta, sino de una lectura anclada en los municipios y en la vida cotidiana de los sectores más golpeados por la crisis. En el universo peronista, el territorio no es solo una base electoral, también es una fuente de legitimidad. Por eso, cuando un intendente histórico como Ishii advierte sobre hospitales, alimentos y vacunas, el planteo adquiere una dimensión política mayor.

Magario, el reglamento y el micrófono como símbolo

La intervención de la titular del senado Verónica Magario quedó en el centro de la escena cuando decidió cortar el micrófono al vencerse el tiempo reglamentario. Desde el punto de vista formal, la decisión se inscribe en el funcionamiento habitual de un cuerpo legislativo: ordenar los tiempos, garantizar la continuidad de la sesión y aplicar el reglamento.

Sin embargo, en política los gestos rara vez quedan encerrados en lo administrativo. El micrófono se transformó en una imagen de la tensión interna: para algunos sectores, fue una decisión de orden; para otros, una señal de incomodidad frente a voces críticas dentro del propio oficialismo. La escena mostró la dificultad de conducir una sesión cuando las diferencias políticas ya no se tramitan en privado y hace de ganancia de pescadores para la oposición

Magario quedó así en una posición delicada, entre la responsabilidad institucional de presidir la Cámara y la lectura política que el kirchnerismo más duro hizo del episodio. Su rol no fue menor: intentó evitar que el recinto se convirtiera por completo en un escenario de catarsis interna, aunque la fuerza de los cruces terminó imponiendo otro clima.

Cristina, Kicillof y la deuda de origen

La discusión legislativa se conectó de inmediato con otro eje de la interna: el vínculo entre Kicillof y Cristina Kirchner. El kirchnerismo duro viene cuestionando al gobernador por no haber visitado a la ex presidenta en San José 1111, donde cumple prisión domiciliaria por la causa Vialidad, y por intentar construir una proyección política propia sin gestos suficientes hacia quien consideran la principal referencia del espacio.

En ese marco se inscriben también las declaraciones de Guillermo Moreno, quien volvió a cargar contra Kicillof con una frase destinada a profundizar la herida interna: “Toda la carrera se la debe a Cristina porque no existía”. El ex secretario de Comercio sostuvo que la ex presidenta fue quien lo incorporó a su gabinete cuando todavía no tenía volumen político propio y cuestionó su distancia actual con el núcleo kirchnerista.

Moreno también elogió el acto realizado en Parque Lezama y respaldó el discurso de Máximo Kirchner, al que definió como “muy bueno en términos doctrinarios”. Desde esa mirada, el problema no sería solo electoral, sino identitario: quién representa al peronismo, quién reconoce la centralidad de Cristina y quién intenta construir un camino propio por fuera de esa conducción simbólica.

Berni y Moreno endurecen el planteo contra el gobernador

A las críticas de del ex secretario de Comercio Guillermo Moreno se sumaron las declaraciones de Sergio Berni, quien fue todavía más explícito al afirmar que Kicillof “pertenece a otro partido que no es el peronismo”. El ex ministro de Seguridad bonaerense sostuvo que el gobernador expresa una tradición de “izquierda progresista” y no la doctrina peronista, una definición que busca separar aguas de manera tajante dentro del oficialismo.

Berni planteó incluso que el peronismo y el sector de Kicillof deberían competir por separado, sin compartir una PASO, si las diferencias de fondo son tan profundas. Su argumento apunta a que el gobernador habría construido una identidad política propia, apoyada en sectores universitarios, progresistas y en lo que define como restos del albertismo, más que en la tradición orgánica del PJ.

Ese planteo suma tensión porque deja de discutir apenas candidaturas o cargos y pasa a discutir pertenencia. Ya no se trata solo de quién conduce, sino de quién tiene derecho a hablar en nombre del peronismo. En términos políticos, es una acusación fuerte, porque cuestiona la raíz misma del liderazgo de Kicillof dentro del espacio.

Parque Lezama como antecedente inmediato

Lo ocurrido en el Senado no puede leerse separado del banderazo “Cristina Libre” realizado en Parque Lezama. Allí, el kirchnerismo duro volvió a ubicar a Cristina Kirchner en el centro de la escena y Máximo Kirchner apuntó contra quienes hablan de unidad pero no fueron a verla a su domicilio en Constitución.

Aunque no siempre se lo nombró directamente, el destinatario político fue claro. La crítica se dirigió a Kicillof y a su entorno, en un momento en que el gobernador bonaerense aparece como una figura con proyección nacional y volumen propio dentro del peronismo. Para el kirchnerismo más cerrado, esa autonomía resulta difícil de procesar si no viene acompañada de una liturgia de reconocimiento hacia Cristina.

En Parque Lezama también se escucharon cánticos hostiles contra el gobernador, una señal de que la tensión dejó de limitarse a la dirigencia. La militancia empezó a procesar esa diferencia en clave emocional, con consignas que expresan malestar, sospecha y disputa por la lealtad.

Kicillof entre la gestión y la liturgia interna

Kicillof intenta sostener otra gramática política: gestión provincial, defensa del Estado, confrontación con Javier Milei, recorridas territoriales, obra pública y proyección nacional. Su apuesta parece apoyarse en la idea de que el liderazgo se construye también desde la administración de la provincia y desde la respuesta concreta frente a la crisis.

El problema es que una parte del kirchnerismo le exige una señal previa: reconocer de manera explícita y visible la centralidad de Cristina. Para ese sector, la visita a San José 1111 no es apenas una decisión personal, sino un gesto de pertenencia, porque  o no ir funciona como marca política, como modo de decir desde dónde se habla y ante quién se reconoce autoridad.

Una interna que puede ordenar o desgastar

El peronismo bonaerense discute mucho más que una estrategia electoral. Discute conducción, identidad, territorio, herencia y futuro. Cristina sigue siendo para el kirchnerismo el centro de gravedad del espacio; Kicillof intenta consolidarse como figura de gestión y eventual proyección nacional; los intendentes reclaman respuestas urgentes frente a una crisis social cada vez más profunda; y la oposición observa cómo el oficialismo expone sus diferencias sin demasiada necesidad de intervención externa.

El riesgo para el peronismo bonaerense no es que exista debate interno. Toda fuerza política con poder real discute, ordena tensiones y procesa liderazgos. El problema aparece cuando la interna empieza a ocupar toda la escena pública y desplaza los temas que deberían estar en primer plano: la emergencia alimentaria, la situación sanitaria, el empleo, los salarios y el impacto del ajuste nacional sobre la provincia.

La sesión del Senado bonaerense dejó una conclusión difícil de esquivar: la unidad ya no alcanza como consigna. Necesita una forma concreta, una conducción reconocida y una regla de convivencia que permita tramitar las diferencias sin que cada debate termine convertido en una postal de fractura.

Mientras tanto, el peronismo bonaerense sigue buscando una síntesis entre lealtad y autonomía, entre memoria y futuro, entre conducción simbólica y gestión cotidiana. Una ecuación delicada, porque cuando una fuerza empieza a pelear por el micrófono, muchas veces lo que está en juego no es solo quién habla, sino quién manda.

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