sábado 08 de agosto de 2026
- Edición Nº2803

#DeTodoUnPoco

historias que inspiran

Mostrar sin filtro, ayudar sin posar: Flopi Schiafino y las historias que todavía pueden mover algo

30/05/2026 07:44 | La creadora de “Flopi Sin Filtro” convierte las redes en un puente entre personas que necesitan una mano y comunidades dispuestas a actuar. En diálogo con Info MiBA, habló de la escucha, la dignidad, la fe, la solidaridad y ese gesto simple, pero enorme, de no mirar para otro lado tan necesario en estos tiempos.



Hay historias que no entran cómodas en un video, ni en una publicación, ni en la velocidad brutal con la que las redes sociales consumen emociones ajenas. Hay historias de personas que no piden épica, ni aplausos, ni lástima, sino una oportunidad, un plato de comida, un trabajo, una frazada, un remedio, alguien que escuche sin juzgar: en ese inmenso territorio sensible, Flopi Schiafino decidió construir otro camino.

Desde su cuenta “Flopi Sin Filtro” @flopi.sinfiltro, la creadora de contenido social recorre barrios, calles y casas de Buenos Aires para contar realidades atravesadas por la vulnerabilidad, pero también por una dignidad enorme. No lo hace desde la distancia cómoda de quien observa para narrar, sino desde la cercanía de quien se involucra, escucha, acompaña y conecta. Y es que en tiempos en donde las redes premian el ruido, la exposición vacía o la crueldad disfrazada de opinión, ella eligió usarlas para algo bastante más incómodo y necesario: generar acción real, y así lo describe en su presentación.

“Llegó un momento en el que ya no pude seguir viendo ciertas realidades desde lejos. Sentí que, aunque sea con algo pequeño, tenía que involucrarme, escuchar y tratar de tender una mano”, contó en diálogo con Info MiBA.

Una forma de mirar que nació antes de las redes

 

Antes de que existiera “Flopi Sin Filtro”, existía la sensibilidad de Flopi: su forma de mirar a los demás no apareció de un día para otro, hubo un recorrido previo, una formación afectiva y espiritual, una práctica sostenida de servicio que fue marcando el modo en que hoy se acerca a cada historia.

“Desde chica participé y participo en el Movimiento de los Focolares, un movimiento laico dentro de la Iglesia Católica, donde realizábamos acciones solidarias. Creo que esa experiencia me marcó profundamente y despertó en mí una mirada más sensible hacia el otro”, relató. Ese camino se profundizó más tarde en la Fundación Vida Solidaria, donde durante tres años participó en tareas de asistencia en calle. Allí, explicó, terminó de comprender que muchas veces ayudar no empieza por resolverlo todo, sino por estar presente: “Ahí entendí de cerca lo importante que es escuchar, acompañar y estar presente para las personas que atraviesan situaciones difíciles”, señaló.

Hoy continúa ese recorrido de manera independiente, acompañada por amigos, por su comunidad de Instagram, de más de 67 mil seguidores y por distintas organizaciones que se van sumando según cada caso. Ese entramado, lejos de ser una estructura formal y perfecta, funciona como una red viva: alguien ve una historia, alguien comparte, alguien dona, alguien ofrece trabajo, alguien acerca una posibilidad concreta. 

Mostrar sin exponer

 

El nombre de su proyecto tiene una declaración de principios: “sin filtro”. Pero en su caso, mostrar sin filtro no significa mostrar sin cuidado. No se trata de poner una cámara frente al dolor ajeno para capturar impacto, ni de convertir la necesidad en contenido emocional de consumo rápido. Para Flopi, visibilizar también puede ser una forma de acompañar, siempre que se haga con respeto. “‘Sin filtro’ surgió de una necesidad muy personal de poder expresarme libremente, sin condicionamientos, mostrando también los desafíos, los dolores y las alegrías propias de la vida”, expresó. Con el tiempo, esa búsqueda personal se transformó en una herramienta colectiva. “Muchas veces la realidad incómoda es la que nadie quiere mostrar, y visibilizar también puede ser una forma de abrazar y cuidar. Mostrar sin filtro no es exponer por exponer, sino decir: ‘esto está pasando, esta persona existe, tiene nombre, tiene sueños y merece ser escuchada’”.

Esa frase resume buena parte de su trabajo. Porque en sus videos no hay una búsqueda de lástima, sino una intención de devolver presencia a quienes muchas veces son empujados a los márgenes de la conversación pública. La cámara, en ese sentido, no aparece como un reflector invasivo, sino como una puerta posible.

“A veces una cámara no cambia el mundo, pero sí puede hacer que alguien deje de sentirse invisible. Y muchas veces, gracias a una publicación, llegan donaciones, oportunidades y ayuda concreta que termina cambiando realidades”, sostuvo.

El cuidado, para ella, empieza antes de grabar. Flopi cuenta que siempre explica por qué quiere filmar, qué puede pasar con ese video y quiénes podrían verlo. También pregunta qué se quiere mostrar y qué no. Porque antes que una historia, insiste, hay una persona. “Muchas veces me cuentan situaciones muy privadas o muy dolorosas que, por respeto, jamás compartiría públicamente. Antes de filmar siempre les explico por qué lo hago y también que existe la posibilidad de que amigos, familiares o conocidos vean el video. Para mí es muy importante que se sientan cómodos y respetados. Siempre trato de escuchar primero, preguntar qué quieren mostrar y qué no, y contar las cosas con sensibilidad”, explicó.

En un ecosistema digital donde parece obligatorio gritar para existir, ella reconoce que las redes tienen sus propios códigos y que muchas veces hacen falta frases capaces de frenar el pulgar ansioso del algoritmo. Pero también sabe que ese recurso tiene un límite ético: “Detrás de eso siempre intento que haya humanidad y respeto”, remarcó.

La necesidad no tiene color político

 

Uno de los desafíos que atraviesan las historias sociales cuando se vuelven públicas es el riesgo de que alguien quiera apropiarse de ellas, usarlas como bandera o convertirlas en munición política. Flopi lo sabe, pero elige correrse de esa lógica. “Yo no trabajo desde ningún partido ni desde ninguna bandera. Mi intención siempre fue humana. La necesidad no tiene color político y la ayuda tampoco debería tenerlo. Mi foco está puesto en ayudar a las personas”, afirmó.

También aprendió a convivir con el costado menos amable de la exposición: las críticas, el hate, los comentarios que opinan desde la comodidad del sillón, esa institución argentina tan extendida como inútil. Al principio, reconoce, le afectaban más. Hoy intenta no darles centralidad.

“Así como hay muchísima gente que ayuda y acompaña, también existe el hate y las críticas. Antes me afectaban mucho más. Hoy estoy tan convencida de lo que hago y de por qué lo hago, que trato de no darle lugar a eso y enfocarme en las personas que realmente necesitan una mano”, expresó.

Lo que queda después de apagar la cámara

 

Hay historias que no terminan cuando se corta la grabación, algunas siguen acompañando: “Hay historias que se quedan con vos. A veces vuelvo a mi casa y sigo pensando en esa persona, en cómo estará, en si habrá podido comer, dormir tranquila o conseguir trabajo. Creo que es imposible salir igual después de escuchar ciertas realidades tan de cerca. Algunas historias te rompen un poco, pero también te enseñan muchísimo sobre fuerza, humildad y esperanza”, contó.

Una de las historias que más la marcó fue la de María Inés, una mujer de casi 90 años que se sentaba en la puerta de un banco a vender artesanías para poder comprar comida y medicación. No vivía en situación de calle, pero su realidad exponía otra forma de intemperie: la de quienes, aun bajo techo, deben seguir peleando por lo básico.

 

 

“Gracias a la comunidad logramos recaudar fondos para ayudarla con la comida y sus remedios, y también conseguimos una notebook para que pudiera quedarse en su casa escribiendo cuentos, algo que a ella le apasiona”, relató Flopi.

Lo que más la conmovió no fue solamente la necesidad, sino la fuerza vital de María Inés. “Su fortaleza, sus ganas de seguir proyectando y soñando a su edad, me emocionaron profundamente. Creo que ella representa eso que muchas veces encuentro en las personas que conozco: una enorme dignidad y unas ganas inmensas de seguir adelante, incluso en momentos muy difíciles”, dijo.

Cuando una historia encuentra a quien puede ayudar

 

Flopi insiste en que no está por los números, ni por los seguidores, ni por los likes. Y en tiempos donde todo parece medirse en alcance, interacción y rendimiento, esa aclaración no es menor. Porque el objetivo no es que una historia “funcione” en términos digitales, sino que llegue a donde tiene que llegar.

“Siento que valió la pena. Porque al final, lo importante no es cuánta gente vio el video, sino si alguien pudo estar un poco mejor gracias a esa visibilidad”, señaló.

En cada ayuda concreta se confirma, para ella, una intuición profunda: todavía existe una sociedad sensible. Tal vez cansada, golpeada, distraída o saturada, pero capaz de responder cuando una historia logra atravesar la indiferencia. “Cuando aparece una ayuda concreta, siento que todavía existe una sociedad sensible, personas con ganas de tender una mano. Y también se confirma algo que siempre creí: que conectar personas puede cambiar realidades”, sostuvo.

Esa conexión, muchas veces, tiene un efecto contagio. Alguien ayuda y otra persona se anima. Alguien comparte y la historia llega más lejos. Alguien ofrece algo pequeño y eso se suma a una cadena mayor. “Creo mucho en el efecto contagio de la solidaridad. A veces alguien ve una historia, ayuda, y eso inspira a otra persona a hacer lo mismo”, explicó.

Una de esas cadenas inesperadas ocurrió con Daniel, un hombre que fue boxeador profesional y actualmente vive en la calle. Tras la publicación de su historia, se contactó un grupo de boxeo amateur callejero, Def Jam, que reunió ropa, frazadas y ayuda para él. Pero además apareció un ex compañero suyo, desde Salta, con la intención de tenderle una mano.

“Ahí es cuando entendés que una historia puede conectar personas de maneras inesperadas y generar algo mucho más grande de lo que uno imaginaba al momento de grabar”, resumió.

Lo inmediato y lo difícil

 

Detrás de cada historia no está sola. Flopi remarca que hay amigos, compañeros, seguidores, organizaciones y personas que se acercan desde donde pueden, algunas tienen recursos; otras, no tanto, pero igual encuentran una manera de colaborar. “Hay muchísima gente que me acompaña desde distintos lugares: amigos, compañeros, seguidores, organizaciones y personas que tal vez no tienen mucho, pero igual ayudan. Y eso es algo que me emociona muchísimo, porque demuestra que todavía hay una enorme solidaridad en la gente”, afirmó.

La ayuda inmediata suele llegar más rápido: ropa, comida, abrigo, frazadas. Lo más difícil, en cambio, es aquello que exige continuidad, políticas, oportunidades y estructuras más estables: trabajo, vivienda, soluciones de fondo. Es decir, todo eso que no se arregla con buena voluntad en stories, por más que la buena voluntad sea un primer paso valioso.

“Lo más difícil casi siempre es conseguir trabajo estable, vivienda o soluciones a largo plazo que realmente permitan que una persona pueda salir adelante de manera sostenida”, explicó. Ese límite también muestra algo importante: la solidaridad puede abrir puertas, pero no reemplaza lo que debería garantizarse de manera más profunda. Aun así, en un contexto donde muchas personas sienten que no pueden hacer nada, Flopi propone una idea más concreta y menos paralizante: hacer algo, aunque no sea todo.

Detenerse a escuchar

 

Flopi se define como una persona inquieta. Cuenta que una amiga la apodó “Miss Velocidad” porque siempre está yendo de un lado a otro. Pero la calle, dice, le enseñó una forma distinta de presencia. “Estando en la calle aprendí algo muy importante: detenerse a escuchar puede ser tan importante como ayudar. A veces una persona no necesita solamente comida o abrigo; necesita sentirse vista, respetada y escuchada de verdad. Y eso me cambió mucho la manera de mirar al otro y también de vivir mi propia vida”, compartió.

Esa escucha no idealiza la pobreza ni romantiza el esfuerzo, dos deportes nacionales bastante dañinos cuando se habla de quienes la pasan mal. Al contrario, permite ver a las personas completas, con dolores, deseos, contradicciones, historias y proyectos.

“Aprendí que la verdadera fortaleza muchas veces está en las personas más golpeadas. Conocí gente que perdió casi todo y aun así se sigue levantando cada mañana con esperanza, con ganas de trabajar y de salir adelante. Y eso inevitablemente te cambia la mirada y te hace valorar muchísimo más las cosas simples de la vida”, expresó.

También aprendió que la gente ayuda más de lo que imaginaba. No siempre por falta de sensibilidad alguien no colabora; muchas veces no sabe cómo, no sabe dónde o no encuentra un canal confiable.

“Hay una enorme cantidad de gente buena, sensible, comprometida. Creo que muchas veces las personas quieren ayudar pero no saben cómo o no saben dónde. Cuando ven una historia real y sienten confianza, aparecen. Obviamente todavía falta mucho, pero también hay mucho amor circulando en silencio”, aseguró.

Una fe que se vuelve acción

 

Cuando habla de la fuerza que la sostiene, Flopi no esquiva su fe, la nombra con naturalidad, sin solemnidad impostada, como una raíz desde la cual intenta actuar.

“La fuerza la encuentro en Dios. Me siento profundamente amada por Él y quiero actuar en consecuencia, vivir el Evangelio de verdad y de una manera comprometida. No porque sea buena ni perfecta, porque estoy muy lejos de eso, sino porque me sé amada y quiero corresponder con mi vida a ese amor. Quiero que mi vida valga la pena y poder ayudar sin mirar a quién”, expresó.

Para ella, cambiar algo no siempre significa resolver una vida entera. A veces es bastante más humilde, y justamente por eso más posible: escuchar, acompañar, estar, hacer que alguien se sienta menos solo. “También entendí que a veces pensamos que cambiar algo significa resolverle toda la vida a una persona, y no siempre es así. Acompañar ya es importante. Escuchar, estar, hacer sentir menos sola a una persona, ya cambia algo”, sostuvo.

Esa mirada corre la ayuda del lugar heroico, porque básicamente no se trata de salvar a nadie desde arriba, ni de posar con la necesidad ajena sino de ponerse al lado. “Algo que aprendí en este camino es que ayudar no es sentirse superior a alguien, sino ponerse al lado. Acompañar desde la empatía y el respeto”, remarcó.

No hace falta salvar a todos para hacer una diferencia

 

Flopi sabe que ayudar no es fácil. Hay frustraciones, trabas, límites, cansancio y situaciones que movilizan profundamente. “Una amiga una vez me dijo: ‘Flopi, vos no podés ayudar a todos’. Y es verdad. Pero también entendí que no hace falta salvarle la vida a alguien para hacer una diferencia. A veces una escucha, una oportunidad o un gesto pequeño llegan en el momento justo y cambian muchísimo más de lo que imaginamos”, contó.

Por eso, cuando alguien ve una de sus historias y quiere sumarse, lo primero que debería entender es que la ayuda no siempre tiene una forma espectacular. A veces es una donación, otras una publicación compartida, un comentario que amplifica, un contacto laboral, una oportunidad, una escucha. Lo importante, para ella, es comprender que nadie ayuda desde la superioridad, sino desde el reconocimiento de una humanidad común.

 


 

“Aunque muchas veces uno empieza queriendo ayudar al otro, al final el primer beneficiado también es uno mismo. Porque estas historias te transforman, te hacen valorar más la vida y te recuerdan lo importante que es no ser indiferentes”, concluyó.

En un tiempo donde parece más fácil opinar que acercarse, juzgar que preguntar, pasar de largo que detenerse, el trabajo de Flopi Schiafino incomoda en el mejor sentido. Recuerda que detrás de cada historia hay una persona, que la dignidad no se pierde por necesitar ayuda y que las redes, ese gran zoológico de vanidades humanas con WiFi, también pueden servir para algo noble cuando alguien decide usarlas para conectar.

Sin filtro, sí, pero con cuidado. Sin lástima, pero con ternura. Sin bandera partidaria, pero con una convicción profunda: todavía hay historias capaces de mover a otros, y todavía hay otros dispuestos a moverse.
 

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