por Lara Parisotti
por Lara Parisotti
Pasó con las novelas de televisión, pasó con las comedias románticas de los 2000 y sigue pasando ahora con las adaptaciones virales, las series de plataformas y los fenómenos de TikTok. Siempre hay una nueva pareja de ficción ocupando conversaciones, edits, teorías y discusiones en redes sociales.
Y la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos tan enganchados con historias de amor ajenas? Capaz porque, aunque cambien las épocas, seguimos buscando lo mismo.
No necesariamente amores imposibles. Amor. O al menos la idea de que existe en algún lugar.
Las películas y las series muestran relaciones exageradas, intensas, perfectamente musicalizadas y hasta idealizadas, pero aun así conectan con algo real. Porque aunque la vida no se parezca del todo a Diario de una pasión, Cómo perder a un hombre en 10 días o Día de los enamorados, hay emociones que sí reconocemos: el miedo a perder a alguien, la ilusión del principio, la nostalgia, las idas y vueltas, la necesidad de sentirnos elegidos.
Y quizás también hay algo de refugio.
En un presente donde todo parece inmediato, las historias románticas invitan a bajar un cambio. Las series largas, sobre todo, generan una cercanía distinta. Los personajes dejan de sentirse personajes y se vuelven personas que conocemos. Volver a ver Gilmore Girls o Gossip Girl no es solamente volver a una trama: es regresar a un universo, a una estética, a una época de nuestra vida.
Porque el romance nunca viene solo. También consumimos amistades, ciudades, departamentos hermosos, universidades imposibles, cafeterías soñadas y estilos de vida que muchas veces queremos un poco para nosotros. Parte del éxito de Emily in Paris está ahí, pero también el de películas como El diablo viste a la moda o incluso series nuevas como La pareja perfecta, donde el amor termina mezclándose con lujo, poder, moda y fantasía.
Hoy romantizamos mucho más que antes. Y probablemente las redes sociales tengan bastante que ver. Tenemos acceso constante a vidas ajenas, relaciones ajenas y formas de amar que idealizamos todo el tiempo. Entonces las películas y las series ya no solamente cuentan historias románticas: construyen mundos aspiracionales.
Incluso las historias adolescentes siguen funcionando aunque crezcamos. Porque tienen algo que de adultos perdemos un poco: ingenuidad. Los romances adolescentes todavía creen en la intensidad absoluta, en el “para siempre”, en sentir todo por primera vez. Y aunque hoy miremos esas historias desde otro lugar, siguen despertando algo muy específico.
Por eso parejas como Mar y Thiago quedan grabadas durante años. No solamente por la historia en sí, sino por quiénes éramos nosotros cuando las vimos. Y por eso también seguimos discutiendo parejas que ni siquiera terminaron juntas, como Serena y Nate en Gossip Girl. Porque las historias románticas generan algo raro: sentimos que esos personajes son parte de nuestra vida.
También cambió la forma en la que consumimos el romance. Antes las historias parecían más simples: la chica pobre, el chico rico, el amor imposible. Hoy aparecen otros conflictos atravesados por redes sociales, ansiedad, vínculos modernos y personajes mucho más ambiguos. Series como Tell Me Lies generan discusiones constantes justamente porque vemos cosas que los protagonistas no ven. Nos desespera, nos enoja y al mismo tiempo nos atrapa.
Y aun así, las comedias románticas siguen encontrando la manera de volver.
Ahí están 27 vestidos, Guerra de novias, No me quites a mi novio, las películas nuevas de Prime Video, las adaptaciones virales de BookTok o sagas como Off Campus, demostrando que el género nunca termina de desaparecer. Cambian las plataformas, pero la necesidad de emocionarnos sigue intacta.
Quizás ahí está la clave: las historias románticas no sobreviven solamente porque creemos en el amor, sino porque necesitamos seguir sintiéndolo de alguna manera.
Incluso quienes dicen no creer demasiado en el romance terminan mirando una serie donde alguien sí lo hace.
Y también hay algo importante que las historias románticas entendieron con el tiempo: que el amor no siempre es solamente de pareja.
Muchas de las películas y series que más conectan hoy hablan también de la amistad, de los vínculos que sostienen cuando una relación termina y de volver a encontrarse con uno mismo después de una ruptura. Alguien extraordinario, por ejemplo yne lo personal, no se volvió unade mis películas favoritas solamente por una historia de amor, sino por mostrar algo mucho más real: que a veces quienes realmente te salvan son tus amigas.
Tal vez eso también explica por qué el género sigue funcionando. Porque ya no se trata solo de encontrar “al amor de tu vida”, sino de entender los vínculos en general. Las amistades, los duelos, las segundas oportunidades, las versiones de nosotros mismos que aparecen después de que alguien se va.
Las historias románticas crecieron con quienes las miran. Y por eso hoy pueden hablar de heartbreak, de ansiedad, de independencia o de volver a empezar, sin perder esa sensibilidad que hace que sigamos conectando con ellas.
Y en medio de tantas adaptaciones, series virales y contenido rápido, también aparece otra discusión: que las pantallas no nos quiten la magia de leer. Porque los libros siguen teniendo algo único. Imaginar nosotros mismos a los personajes, construir escenarios, ponerles voz, inventar la química entre dos personas sin que nadie nos la muestre primero.
Hay historias que vemos. Pero hay otras que todavía preferimos imaginarnos.
Y quizás por eso el romance nunca pasa de moda. Porque más allá de la trama, más allá de lo cliché o lo exagerado, seguimos buscando lo mismo: sentir que el amor todavía puede sorprendernos.