En tiempos donde la política argentina parece un casting permanente de outsiders, faltaba sumar a Dante Gebel al listado de “casi candidatos”. Según relató el propio conductor en una entrevista radial, durante la campaña de 2023 recibió un llamado del equipo de Javier Milei para postularse como gobernador de la provincia de Buenos Aires. La respuesta, asegura, fue inmediata: rechazo. El motivo, también: “me pareció una locura” y “poco serio”.
El episodio, que podría haber quedado como una anécdota menor en el anecdotario electoral argentino —que ya tiene suficiente material como para una saga interminable—, cobra relevancia por el modo en que Gebel decidió contarlo. No hubo detalles, ni nombres, ni contexto. Solo una afirmación que flota en el aire: alguien lo llamó, él dijo que no, y listo. Política en modo minimalista, o tal vez en modo evasivo.
Durante su paso por Perros de la Calle, conducido por Andy Kusnetzoff, Gebel insistió en ubicarse en un punto medio que, en la práctica, se vuelve resbaladizo. Aseguró no ser desconfiado y adherir al “principio de inocencia”, una definición que suena razonable hasta que se la coloca en el contexto de un sistema político que hace tiempo dejó de beneficiarse de ese margen de duda.
El mismo equilibrio inestable se trasladó a sus definiciones sobre el matrimonio igualitario. Consultado al respecto, respondió que “como Dante” no está de acuerdo, aunque inmediatamente encuadró su postura en su fe cristiana. La explicación, más que aclarar, funcionó como un rodeo: no es él, es la Biblia; no es una opinión personal, es una interpretación obligada. Una forma elegante —o cómoda— de esquivar el costo de una definición política en un tema que, en Argentina, ya tiene marco legal y consenso social amplio.
El resultado de esta seguidilla de declaraciones es un discurso que busca no incomodar demasiado a nadie, pero que termina diluyéndose en su propio intento de equilibrio. Gebel parece moverse en una zona donde todo es potencial, pero nada se concreta: pudo ser candidato, pero no quiso; tiene una postura, pero no es del todo suya; opina, pero sin asumir del todo las consecuencias de lo que dice.
En un escenario político que suele premiar las definiciones —aunque sean polémicas—, la estrategia del “punto medio” permanente corre el riesgo de convertirse en irrelevancia. Porque si algo queda claro tras su raid mediático es que, más allá de las anécdotas y las frases, Gebel todavía no termina de decir qué lugar quiere ocupar -además de dejar más dudas que certezas-. Y en política, ese vacío rara vez se llena solo.