El movimiento de Miguel Ángel Pichetto en Malvinas Argentinas no es una foto más de la política bonaerense. Es, en todo caso, una radiografía bastante precisa del momento actual: un oficialismo con fisuras, un peronismo sin conducción clara y una serie de dirigentes orbitando en busca de un nuevo punto de equilibrio.
La escena fue elocuente. Junto al intendente Leonardo Nardini, se sentaron Emilio Monzó, el ex senador Marcelo Daletto, Luis Vivona y Carlos Kikuchi, este último con un dato político nada menor: fue uno de los principales armadores de Javier Milei en el inicio del proyecto libertario. Esa mezcla no es casual ni estética, sino de una llamativa pluralidad. Es el núcleo de la apuesta de Pichetto: construir un espacio que combine territorialidad peronista, experiencia legislativa y capital político proveniente de la crisis del oficialismo: libertarios caidos, peronistas con pasado kirchnerista, no kirchneristas, y referentes del centro confluyeron.
La elección del conurbano tampoco es inocente. Ahí se concentra el mayor volumen electoral del país y, al mismo tiempo, el impacto más crudo del deterioro económico. Pichetto lo sabe y por eso insiste en un discurso anclado en la “economía real”: producción, empleo y desarrollo como ejes de una eventual alternativa. No es solo narrativa. Es una forma de diferenciarse de un gobierno que, aun con orden fiscal, enfrenta críticas por el impacto social de su programa.
Ahora bien, el dato más interesante no es quiénes estuvieron, sino qué expresa esa convergencia. La presencia de Kikuchi funciona como señal política en dos direcciones. Por un lado, evidencia que el armado libertario empieza a perder piezas relevantes. Por otro, habilita a Pichetto a disputar ese electorado desencantado que acompañó a Milei pero hoy observa con dudas el rumbo económico y político .
En paralelo, la sociedad política con Monzó refuerza otra pata del armado: la construcción de un espacio de centro con experiencia en gestión y armado legislativo. No es menor que ambos mantengan diálogos con figuras como Axel Kicillof y Nicolás Massot. Lo que se está ensayando no es una coalición cerrada, sino una arquitectura en gestación, todavía flexible, donde la premisa —según admiten cerca del espacio— es evitar liderazgos excluyentes.
Ese punto es, al mismo tiempo, fortaleza y debilidad. La amplitud permite sumar actores diversos, pero también dificulta la síntesis. La política argentina tiene antecedentes recientes de frentes amplios que, sin una conducción clara, terminaron diluidos en internas permanentes.
El propio Pichetto agrega tensión al escenario cuando se mete en la interna del PJ. La advertencia sobre intentos de intervención partidaria y su rechazo a eventuales liderazgos con anclaje religioso expone que la disputa por la conducción del peronismo está lejos de resolverse. Y que cualquier intento de armado nacional deberá atravesar ese conflicto inevitable .
En ese marco, su pronóstico sobre el futuro del gobierno —anticipando un desenlace negativo— no solo funciona como crítica, sino como hipótesis de trabajo. Toda su estrategia parece apoyarse en una premisa: que el desgaste del oficialismo abrirá una ventana para una alternativa de poder. El problema es que la historia reciente muestra que el desgaste, por sí solo, no ordena a la oposición.
Ahí aparece el verdadero desafío del experimento Pichetto. No es solo sumar nombres ni construir volumen político. Es lograr una síntesis entre peronismo territorial, sectores moderados y figuras provenientes del universo libertario sin que esa heterogeneidad termine siendo un límite en lugar de una ventaja.