El 75% de los tres millones de jóvenes bonaerenses de entre 18 y 29 años no realiza estudios terciarios y enfrenta una inserción laboral marcada por la informalidad. La cifra surge de un informe elaborado por la Unidad de Género del Ministerio de Economía de la provincia de Buenos Aires, que busca identificar las desigualdades de género y las barreras sociodemográficas que condicionan la autonomía económica de esta franja etaria.
El estudio, titulado “Jóvenes bonaerenses en Foco”, muestra además un fuerte retraso en la emancipación: 6 de cada 10 jóvenes todavía viven en su hogar de origen como hijos del jefe de hogar. La tendencia se agudiza entre los 25 y 29 años, donde el 46,9% permanece con sus padres, y trepa al 50% en el caso de los varones. La postergación de la autonomía no responde solo a factores culturales, sino a trayectorias laborales inestables y a niveles de informalidad que duplican los de la población adulta.
Uno de los datos centrales del informe es la persistencia de la brecha de género. El porcentaje de mujeres que no estudia ni trabaja alcanza el 27,1%, casi el doble que el de los varones, que llega al 17,6%. La desigualdad se replica en las tareas de cuidado no remuneradas: ellas dedican en promedio 5 horas y 46 minutos diarios, mientras que ellos destinan 2 horas y 26 minutos, menos de la mitad.
La relación entre trabajo y estudio aparece como otro nudo crítico. Solo el 15% de los jóvenes logra compatibilizar ambas actividades. Para el resto, las condiciones del primer empleo terminan obturando la continuidad educativa. El nivel alcanzado sigue atado a la situación económica: tres de cada diez jóvenes no finalizaron el secundario, pero en el quintil de ingresos más bajos la cifra sube a cuatro de cada diez.
Esa población, que carece de la llamada “moratoria social” de las clases medias y altas, se ve presionada a ingresar de forma prematura al mercado laboral, generalmente en puestos de baja calidad y sin registro. El comercio es el principal rubro de inicio para la mayoría, pero allí los índices de informalidad llegan al 60%. En cambio, sectores más formalizados como educación, salud y administración pública contratan menos jóvenes.
La Unidad de Género describe este fenómeno como un “efecto cicatriz”: las experiencias tempranas de desempleo e informalidad actúan como un penalizador que reduce las posibilidades de acceder a empleos de calidad y mejores salarios en la vida adulta. El estigma de la precariedad inicial condiciona toda la trayectoria posterior y limita la movilidad social.
El informe también vincula la falta de emancipación con las dificultades para acceder al mercado inmobiliario. El precio de los alquileres trepó más del 400% desde enero de 2024, lo que vuelve casi imposible independizarse con sueldos informales o bajos. Así, la informalidad laboral, la deserción educativa y la imposibilidad de alquilar forman un círculo que retiene a los jóvenes en el hogar de origen.
Para los autores del trabajo, los datos exponen un escenario de vulnerabilidad estructural que requiere políticas públicas específicas. La combinación de baja terminalidad educativa, primer empleo precario, sobrecarga de tareas de cuidado en mujeres y barreras para alquilar configura un cuadro que retrasa la autonomía económica y profundiza las desigualdades de género en la provincia de Buenos Aires.