domingo 02 de octubre de 2022 - Edición Nº1397

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A los 97 años, murió Carlitos Balá, el flequillo más famoso del país

Desde comienzos de la década del 70 fue sinónimo de humor y picardía para varias generaciones de argentinos; sus ciclos televisivos para niños y constantes giras por el país difundieron los latiguillos más célebres de sus personajes al habla cotidiana; su debut había sido en radio en 1955, con La revista dislocada.



Alos 97 años, falleció el actor Carlitos Balá. La noticia la confirmó su nieta Laura Gelfi, quien detalló que su abuelo partió ayer jueves a las 21:30. El humorista había sido internado de urgencia en el Sanatorio Güemes tras sufrir una descompensación.

Ayer, tras su internación, su representante Maximiliano Marbuk comentó: "Tuvo mareos en su casa, lógico de su edad, y lo llevaron al sanatorio. Los médicos decidieron dejarlo en observación hasta mañana (viernes) y hacerles los estudios correspondientes que por suerte dieron bien".

Sin embargo, su nieta Laura Gelfi confirmó a Teleshow el fallecimiento de su abuelo. En ese sentido, expresó: “Estamos devastados pero unidos y así se fue él, con la familia unida y mucho amor”.

Carlos Salim Balaá Boglich nació en Buenos Aires, el 13 de agosto de 1925. El querido actor tenía más de medio siglo de trayectoria artística, en la que se dedicó en su mayoría al show infantil.

Sus comienzos fueron en la radio y luego en la televisión en "La revista dislocada", junto a Délfor Dicásolo. A su vez, formó parte del trío BaláMarchesini Locatti. Incluso, el "Show de Carlitos Balá" forma parte de la memoria colectiva de millones de argentinos.

La década del 60 fue el mejor momento artístico de toda la carrera de Balá. La comenzó como heredero del Joe Bazooka que dejó vacante Alberto Olmedo y la cerró en 1970 con uno de sus mejores ciclos de sketches, Balabasadas. Allí supo enriquecer su estilo con el valioso aporte de Juan Carlos Calabró en los libros y la actuación. Esa colaboración, que se extendió a otros ciclos, no fue casual. Ambos siempre levantaron la bandera del humor blanco y familiar como resultado de un trabajo minucioso, obsesivo y perfeccionista, en el que había mucho ensayo y muy poco de improvisación. “Cuando hago un sumbudrule, el actor tiene que darse vuelta cuando pronuncio la “e”. Porque en la “e” yo saco la mano y me rasco la cabeza y miro para otro lado. Es una cuestión de segundos”, ejemplificó. El famoso chiste de la “aneda” que ambos compartían fue siempre visto como un ejemplo de sketch elaborado hasta el mínimo detalle.

“Yo pude haber sido multimillonario si hubiese sido como Carlos Rottemberg o Adrián Suar, que son ambiciosos. Pero sigo trabajando porque me encanta y para vivir también... Lo poco que tengo lo hice por mis propios medios. Si tuviera mucha guita haría obras de bien. Tendría una fundación y lo primero sería que nadie tuviera que salir del país para hacer un trasplante”, confesó en los años 90. Coqueto, reservado, metódico con su salud y de bajísimo perfil fuera de sus apariciones televisivas, siempre se enorgullecía del matrimonio “de toda la vida” con su esposa Martha, a la que conoció muy joven en una fiesta, y con quien tuvo dos hijos, Martín y Laura. Los chicos siempre fueron su debilidad y nada disfrutaba más que verlos cuando lanzaba un chiste o un gesto con su sello. “Angueto va a ser para toda la vida -dijo una vez-. Siempre va a estar el asombro de ver un perro invisible”.

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