La muerte de un joven anestesista en la Ciudad de Buenos Aires, vinculada al consumo de fentanilo y propofol, volvió a encender una alarma que, según denuncian desde el sector farmacéutico, no es nueva ni excepcional. Por el contrario, sería apenas la punta visible de un entramado mucho más amplio, sostenido por fallas estructurales en los controles y la trazabilidad de medicamentos sensibles.
De acuerdo con la investigación judicial, el caso expuso un circuito de desvío de drogas hospitalarias que incluía robos en centros de salud, distribución ilegal y hasta la organización de encuentros clandestinos donde se consumían anestésicos fuera de cualquier ámbito médico .
En ese contexto, el titular del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos, Marcelo Peretta, fue categórico: “Hace más de diez años que venimos denunciando el abuso de energéticos, narcóticos y anestésicos, así como el robo sistemático en hospitales, clínicas y farmacias”.
Lejos de considerar el episodio como un hecho excepcional, Peretta sostiene que el fenómeno es mucho más extendido de lo que se reconoce públicamente. Según su análisis, existe un desplazamiento en los consumos problemáticos: de drogas tradicionales como la cocaína y la marihuana hacia medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso central.
“Se genera un circuito donde estas sustancias producen efectos placenteros inmediatos, pero con una alta capacidad adictiva”, explicó. Y advirtió que este tipo de consumo —incluso asociado a prácticas sexuales bajo efectos químicos— ya forma parte de una realidad urbana que, aunque visible en determinadas zonas de la Ciudad, no cuenta con abordajes institucionales claros.
Uno de los ejes más críticos del planteo del dirigente apunta a la falta de trazabilidad efectiva en la cadena de medicamentos. Si bien existen protocolos formales —como el resguardo bajo llave o registros administrativos—, Peretta asegura que resultan insuficientes frente a maniobras internas.
“El sistema es vulnerable: las ampollas pueden ser reemplazadas, adulteradas o directamente sustraídas. Después se justifica el faltante con pedidos nuevos. Hay un ‘robo hormiga’ permanente”, señaló.
En esa línea, cuestionó la ausencia de controles más estrictos sobre el recorrido completo del medicamento: desde su producción hasta su uso final. “En otros países se exige saber quién prescribe, quién dispensa y quién utiliza cada droga. Acá eso no se controla de manera efectiva”, afirmó.
El dirigente también apuntó contra distintos actores del sistema. Por un lado, cuestionó a la industria farmacéutica por priorizar la comercialización sin un seguimiento riguroso del destino de los productos. Por otro, responsabilizó al Estado —en particular al Ministerio de Salud y a la ANMAT— por no haber avanzado en políticas de control más robustas, pese a las reiteradas advertencias del sector.
“La información se entregó con nombre y apellido, pero no hubo respuesta. No hay campañas de concientización ni protocolos claros sobre los riesgos de estas sustancias”, sostuvo.
En su análisis, Peretta remarcó que los farmacéuticos y bioquímicos ocupan un lugar clave en la detección temprana de irregularidades, ya que son quienes controlan el stock y pueden identificar inconsistencias en el uso de medicamentos.
Sin embargo, advirtió que su rol suele ser relegado en la toma de decisiones. “Son los primeros en saber cuándo falta un producto o cuándo su uso no está justificado, pero su palabra no es tenida en cuenta”, lamentó.
El caso del anestesista fallecido, sumado a las denuncias sobre “fiestas del propofol” y desvío de estupefacientes, vuelve a poner en agenda un problema que —según el sector farmacéutico— lleva años sin resolución.
“Cuando un caso sale a la luz, hay otros mil que no se conocen”, advirtió Peretta, quien llamó a reforzar los controles y a asumir la gravedad del fenómeno.
En un sistema donde estos medicamentos deberían ser herramientas para salvar vidas, la advertencia es directa: sin controles efectivos, pueden transformarse en un riesgo silencioso, difícil de detectar y con consecuencias potencialmente letales.