A días de las celebraciones de Pascua, el mercado pesquero argentino atraviesa una paradoja difícil de digerir: mientras el pescado debería ganar protagonismo como alternativa alimentaria, su consumo sigue desplomándose al ritmo de precios cada vez más inaccesibles.
Según el último informe del Observatorio de Consumo de la Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera (FULASP), el precio minorista del pescado aumentó casi un 800% en apenas tres años, mientras que el consumo interno permanece estancado en niveles históricamente bajos .
El dato es brutal y bastante elocuente: el consumo nacional se ubica en 5,1 kilos por habitante al año, el registro más bajo en medio siglo . En paralelo, Argentina produce alrededor de 700.000 toneladas anuales, lo que expone una desconexión evidente entre la capacidad productiva y el acceso real de la población.
El relevamiento muestra que el precio del filet de merluza pasó de poco más de 100 pesos en 2016 a 14.000 pesos en marzo de 2026, lo que implica un aumento acumulado del 13.270% en una década, muy por encima de la inflación general .
Pero el salto más violento ocurrió en los últimos años: solo entre 2023 y 2026, el incremento fue cercano al 775%. Otros productos siguen la misma lógica: las rabas aumentaron un 500% y el salmón rosado casi un 300% en el mismo período .
Ahora bien, lo interesante, o más bien lo irritante, es que esta escalada no tiene explicación en el origen.
El propio presidente de la FULASP, Raúl Matías Cereseto, fue directo al hueso: “El aumento en puerto del filet de merluza explica apenas el 13% del incremento que paga el consumidor” .
En términos prácticos, el pescado que sale del puerto a unos 1.700 pesos por kilo puede terminar en góndola a 14.000 pesos, multiplicando su valor hasta ocho veces .
Cereseto lo resumió sin demasiadas vueltas en diálogo con InfoMiBa: el problema no está en la producción, sino en la cadena de comercialización. O, dicho en criollo, en esa costumbre tan local de “hacer diferencia” hasta que el producto se vuelve incomprable.
En declaraciones, el dirigente fue todavía más explícito: “No hay explicación por la cual exportamos pescado a valores mucho más bajos y en nuestro propio país llega tres veces más caro. Hoy gana más el que comercializa que el que produce”.
Y ahí aparece el concepto incómodo que nadie quiere poner en titulares pero todos entienden: la famosa “viveza criolla”.
El contraste es casi absurdo. En un contexto donde la carne vacuna se vuelve cada vez más inaccesible, el pescado podría ocupar un lugar central como fuente de proteínas.
Sin embargo, ocurre lo contrario: “El pescado tiene una oportunidad enorme en términos nutricionales, pero estas distorsiones no ayudan. En un momento donde hay problemas de acceso a alimentos, debería ser protagonista, y no lo es”, advirtió Cereseto.
La consecuencia es clara: el encarecimiento artificial termina expulsando al consumidor del mercado interno, mientras la producción sigue orientada hacia la exportación.
El informe también detecta fuertes diferencias según la región. El mismo producto puede variar hasta un 40% entre distintas ciudades, sin justificación clara en costos logísticos .
Esa dispersión refuerza otra conclusión incómoda: la cadena carece de transparencia y los márgenes comerciales son tan variables como difíciles de justificar.
Frente a este escenario, la FULASP plantea una serie de medidas urgentes:
– Trazabilidad de precios desde el puerto hasta la góndola
– Monitoreo de márgenes comerciales
– Acuerdos de precios para especies masivas
– Programas de promoción del consumo
Porque si no, el destino parece bastante obvio: el pescado, en un país con litoral marítimo gigantesco, camino a convertirse en un producto de lujo.