En la era de las métricas visibles, los “likes” y la exposición permanente, la construcción de la autoestima enfrenta un escenario nuevo. Para la psicóloga María Scipioni, el problema no es la mirada del otro en sí misma —que siempre existió— sino el modo en que esa mirada se transformó en un sistema de evaluación constante y cuantificado.
“La autoestima siempre se construye en relación con la mirada del otro. Eso no es nuevo. Lo que sí cambió es la forma que toma esa mirada. Antes, la validación se daba de manera más íntima, en vínculos reales y en contextos acotados. Hoy, las redes sociales introducen una lógica de evaluación permanente y visible. Con este cambio la validación quedó cuantificada. Se mide en likes, comentarios, seguidores.”
Según explica, esta cuantificación modifica profundamente la experiencia subjetiva. “Y esto tiene consecuencias psicológicas importantes. Porque el reconocimiento deja de ser una experiencia subjetiva y pasa a convertirse en un dato externo, observable y comparable. Cuando eso sucede, la persona empieza a ‘optimizarse’ para esa métrica. Ya no se pregunta ¿quién soy?, sino ¿qué tengo que mostrar para que me validen? Ahí está el deslizamiento peligroso.”
La comparación cotidiana con vidas idealizadas que solo muestran lo mejor —casas perfectas, viajes, sonrisas impecables— puede tener efectos medibles. Investigaciones internacionales señalan que la intensidad del uso de redes y la exposición constante a perfiles ajenos se asocia con niveles más bajos de autoestima, particularmente entre jóvenes que se comparan frecuentemente con otros usuarios. Los participantes de dichos estudios reportan mayor insatisfacción consigo mismos cuanto más intensamente buscan y comparan estas vidas editadas.
“Lo primero que hay que entender es que no nos estamos comparando con personas. Nos comparamos con escenas editadas, seleccionadas, idealizadas. Esa distinción es clave, porque cambia completamente la naturaleza de la comparación”, subraya Scipioni. “Esa comparación constante produce una sensación de insuficiencia que, sostenida en el tiempo, deteriora la autoestima. Porque instala una idea muy dañina: la de que nunca es suficiente.”
El impacto no se limita al plano individual. También alcanza a los vínculos. “Si me construyo a partir de la mirada externa, corro el riesgo de perder registro de mis propios deseos, valores y límites. Empiezo a mostrar lo que es funcional, lo que es validado, aunque no necesariamente sea lo que me represente.” Explica además que, cuando la lógica de la comparación se filtra en las relaciones, puede haber “más competencia, más juicio, menos registro del otro como sujeto real”.
¿Es posible entonces exponerse sin quedar atrapado en la lógica de la aprobación digital? Scipioni sostiene que sí, aunque exige un trabajo consciente. “Las redes no son herramientas neutrales. Están diseñadas para generar dependencia, para que volvamos a chequear, para que busquemos la próxima dosis de validación.”
Una señal concreta de que las redes están afectando la salud emocional, dice, es cuando dejan de ser “una herramienta” y empiezan a regular el estado de ánimo: “cambios de ánimo según la respuesta a lo que se publica, sensaciones de malestar, vacío o frustración después de usar redes”, y la necesidad imperiosa de revisar notificaciones, incluso durante experiencias reales.
En otro aspecto relevante, estudios recientes muestran que alrededor de uno de cada cinco adolescentes afirma que las redes afectan negativamente su confianza, mientras que casi la mitad percibe que no las ayudan ni las perjudican significativamente. Esto sugiere que el impacto, aunque real, no es uniforme y depende de cómo se utilicen estas plataformas y de la relación que cada individuo establezca con ellas.
Frente a este escenario, Scipioni propone que el primer paso para recuperar autonomía emocional es el registro consciente: “Poder reconocer ‘mi estado de ánimo está dependiendo de esto’ ya es un movimiento importante, porque permite empezar a tomar distancia.” Y añade que es crucial “reconstruir otras fuentes de valoración: vínculos reales, espacios propios, actividades que no estén mediadas por la tecnología. Porque la autoestima necesita apoyarse en experiencias vividas, no solo en respuestas digitales.”