No empezó con un local vidriado ni con luces profesionales. Tampoco con una campaña en redes. AM Makeup Studio nació en una habitación mínima, sin espejo, sin mesa y sin certezas, pero con algo que nunca faltó: sensibilidad artística y una historia que pedía ser contada.
Pamela y Marlen Ayala llegaron desde Bolivia siendo niñas. Crecieron en la ciudad de Buenos Aires atravesadas por dos mundos: el de la migración y el de la cultura viva que trajeron consigo. Años después, ese cruce se transformaría en un lenguaje propio: el maquillaje como arte visual, identidad y expresión cultural.
Hoy, su estudio es referencia dentro de la comunidad boliviana y del circuito artístico porteño. Pero el camino hasta ahí fue todo menos lineal.
Pamela fue la pionera. Corría el año 2009 y era parte de un ballet de danzas folklóricas bolivianas. El maquillaje era casi una obligación, algo accesorio, sin demasiada reflexión detrás. Ella jamás se había maquillado antes. Aprendió “un poquitito” de la directora del grupo y empezó a practicar.
Primero con timidez. Después, con intuición. “Me di cuenta de que faltaba algo —recuerda—. El maquillaje no acompañaba lo que la danza transmitía”.
Ese fue el punto de quiebre.
Mientras maquillaba a sus compañeras —siempre gratis, siempre por gusto— empezó a construir un estilo propio: cada danza con un maquillaje distinto, pensado para amplificar el mensaje del cuerpo en movimiento. Folklore, danzas urbanas, tradicionales. Nada era genérico. Todo tenía sentido.
Sin saberlo, Pamela estaba creando una estética inédita: una combinación de técnicas occidentales, orientales, árabes y referencias al arte inka. El maquillaje dejó de ser adorno para convertirse en narrativa visual.
Durante años, Pamela maquilló sin cobrar. Lo hacía desde el disfrute, pero también desde la culpa: no se sentía “maquilladora profesional”. Hasta que una situación la obligó a tomar una decisión.
Estaba embarazada. Cada vez eran más las chicas que la buscaban. Su mejor amiga fue tajante:
“Si no cobrás vos, cobro yo”.
Y cobró.
Ese gesto la empujó a estudiar maquillaje profesional. No para legitimarse ante otros, sino para reconciliarse consigo misma. Estudió, se formó y empezó a cobrar “de a poquito”. Sin marketing. Sin publicidad. Solo el boca en boca.
Las primeras clientas llegaban a la habitación donde vivía. Literalmente.
Una cama. Una mesa. Un televisor. Nada más. No había espejo profesional, ni luces, ni mobiliario. Había talento. Y confianza.
Pamela ya era madre y, por primera vez, empezó a generar un ingreso propio. “Me ayudó a abrir la cabeza —cuenta—. A entender que podía ser una mujer independiente”. Aunque esa independencia convivía con una fuerte dependencia emocional y económica de su pareja.
Cuando la relación terminó, todo se volvió cuesta arriba. Separada, con una hija pequeña y sin ingresos fijos, atravesó uno de los momentos más difíciles de su vida.
“El maquillaje me salvó la vida”, dice sin exagerar.
Las clientas siguieron buscándola. No importaba el lugar. No importaban las condiciones. Iban donde ella estuviera. Esa fidelidad fue el sostén que le permitió resistir, alquilar un monoambiente y empezar de nuevo.
En Mataderos llegó otro giro inesperado. Una clienta le pidió aprender. Pamela se negó durante un año entero. No se sentía docente. No tenía espacio. Tenía miedo. Pero la insistencia pudo más.
En ese monoambiente dio su primera clase. Sin programa. Sin manuales. Transmitiendo lo que había aprendido desde la experiencia, la cultura y el error. Y funcionó.
Ahí nació otra faceta de AM: la formación. El maquillaje como herramienta de trabajo, sí, pero también como forma de expresión y empoderamiento, especialmente para mujeres migrantes.
Con el tiempo, Marlen se sumó al proyecto. Juntas consolidaron lo que hoy es AM Makeup Studio: un espacio donde el maquillaje dialoga con la danza, la identidad, la historia y la resistencia cotidiana.
AM no es solo un lugar donde se maquilla. Es un espacio donde la cultura boliviana encuentra representación, donde el arte visual se pone al servicio de la identidad y donde una historia fuerte se transforma en proyecto colectivo.
De una habitación sin espejo a ser reconocidas por su aporte artístico y social, Pamela y Marlen Ayala construyeron algo que no se enseña en academias: una mirada propia.
Y quizás ahí esté el verdadero valor de esta historia. No en el maquillaje, sino en todo lo que supieron decir a través de él.