La publicación del último índice de inflación del INDEC volvió a poner cifras concretas a una sensación que recorre desde hace meses los comercios de cercanía en la provincia de Buenos Aires. Diciembre cerró con una suba de precios del 2,8% y un acumulado anual del 31,5%, el registro más bajo desde 2017. Sin embargo, detrás de ese dato que el Gobierno exhibe como un logro, los almacenes de barrio describen un escenario muy distinto: menos ventas, consumo retraído y una clientela que ya no logra estirar el sueldo hasta fin de mes.
Los números oficiales confirman una desaceleración inflacionaria en términos anuales, pero también muestran que el ritmo mensual sigue siendo elevado para ingresos que vienen perdiendo poder de compra. En diciembre, los mayores aumentos se concentraron en rubros sensibles para la vida cotidiana, como transporte, que rondó el 4%, y vivienda y servicios públicos, con subas superiores al 3%. Esa combinación tiene un efecto directo sobre el consumo básico: primero se pagan los gastos fijos y lo que queda para alimentos y productos de almacén es cada vez menos.
Esa dinámica se refleja con claridad en los mostradores. Desde la Federación de Almaceneros bonaerenses advierten que la inflación no solo encarece la mercadería, sino que también altera los hábitos de compra. “La gente compra menos y espera promociones para llegar a mitad de mes”, describen desde el sector, donde aseguran que la rotación diaria cayó y que muchos productos tardan más en salir de las góndolas. No se trata únicamente de precios altos, sino de ingresos que quedaron desfasados frente a aumentos sostenidos.
El impacto se siente con más fuerza en los pequeños comercios, que enfrentan subas constantes en los costos de reposición, especialmente en lácteos y alimentos básicos, pero no tienen margen para trasladar todos esos aumentos al precio final sin perder clientes. A diferencia de las grandes cadenas, los almacenes barriales dependen de un flujo diario de ventas y de una relación directa con vecinos que hoy compran lo justo y necesario.
Distintos relevamientos privados ya venían advirtiendo sobre la caída del consumo minorista durante 2025, incluso en fechas tradicionalmente fuertes para las ventas. Los datos del INDEC ahora ayudan a explicar esa tendencia: aunque la inflación anual haya bajado, la combinación de subas mensuales persistentes y salarios que corren por detrás sigue erosionando el poder adquisitivo.
En ese contexto, el discurso oficial que celebra el 31,5% anual convive con una realidad más áspera en los barrios bonaerenses. Para los almaceneros, el problema ya no es solo cuánto suben los precios, sino cuánto se vende. La desaceleración inflacionaria, advierten, todavía no se traduce en alivio para el consumo cotidiano ni en una mejora concreta en la caja de los comercios de cercanía.
Con el inicio de la temporada de verano, el sector mira las próximas semanas con cautela. La caída de la rotación de stocks, la menor liquidez y la incertidumbre sobre nuevos aumentos configuran un escenario frágil. Mientras tanto, las cifras del INDEC dejan una señal clara: aun con inflación más baja en términos históricos, el impacto sobre el bolsillo sigue siendo suficiente para poner en alerta a los almacenes de la provincia.